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Mostrando entradas de 2012

Garabato y la Luna

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El gato Garabato -que duerme en un zapato- salía cada noche al tejado a mirar la Luna. La miraba durante mucho, mucho rato. La contemplaba casi sin pestañear. La observaba detenidamente intentando adivinar cómo sería vivir en ella y pasear por allá arriba. Y pensaba Garabato -ronroneando en su zapato- que, tal vez, quizás, a lo mejor, podría ir hasta la Luna y saciar su curiosidad. -Mañana mismo probaré dando un graaaan salto -decidió una noche y al día siguiente subió  al tejado más alto que encontró, miró fijamente a la Luna, calculó la dirección, tomó impulso y saltó. Durante un rato Garabato subió, y subió, y siguió subiendo y luego cayó, y cayó, y siguió cayendo hasta acabar en medio de un enorme charco.

-Quizás sea mejor ir volando -se dijo- mañana probaré con globos -. Y a la noche siguiente Garabato infló diez globos rojos, se los ató bien atados a la cintura y comenzó a subir, y a subir, y a subir. Y siguió subiendo  mucho rato hasta que una ráfaga de viento lo llevó hasta un p…

El gigante Milzinas

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En el lejano, lejanísimo país de Tirbronac, más allá del lejano, lejanísimo mar y las lejanas, lejanísimas montañas, junto a un enorme, enormísimo bosque, existía hace mucho, muchísimo tiempo una pequeña y hermosa ciudad llamada Tuznigrad. Durante todo el año Tuznigrad era una ciudad bastante alegre, sus habitantes paseaban, sonreían, los niños jugaban, se celebraban algunas fiestas populares... Vamos, lo normal en cualquier ciudad de cualquier país de cualquier mundo. Pero cuando llegaba el invierno la cosa cambiaba mucho, muchísimo en aquella pequeña ciudad y todo el mundo se ponía mustio, triste y muy serio. Desaparecían los colores, desaparecían las risas, desaparecían las ganas de pasear y la gente pasaba tantísimo tiempo metida en sus casas que la ciudad -cubierta de nieve y silenciosa- parecía deshabitada. La culpa de todo esto la tenía un gigante malhumorado que desde hacía muchos, muchísimos años (tantos que la ciudad aún no era ciudad) pasaba el invierno en un gigantesco palac…

El desván

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En la casa de la abuela de Carola había un desván. Un desván con una escalera de madera que chirriaba cuando alguien la pisaba. Una escalera oscura que a Carola le provocaba escalofríos. Afortunadamente Carola conseguía olvidarse de la espeluznante escalinata y del terrorífico desván la mayor parte del tiempo que pasaba en casa de la abuela. Hasta aquel verano en que aquel desván pasó a ser el protagonista de sus vacaciones. Todo comenzó una plácida noche cuando, en medio del silencio, un fuerte golpe en el desván hizo que Carola diera un salto en la cama y saliera corriendo al dormitorio de su abuela. -No ha sido nada -le dijo la abuela-. No hay de qué asustarse. Algo se habrá caído. A veces pasa. Carola se creyó la explicación de la abuela... pero sólo a medias y por eso pasó aquella noche en su cama. -No es que tenga miedo, abuela. Es sólo por si acaso -dijo, y se acurrucó junto a ella. Durante los siguientes días nada ocurrió y Carola casi olvidó el incidente. Hasta la noche en que algo vo…

Viselik busca hermano

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El osito Viselik quería un hermanito y no sabía cómo conseguirlo. Se lo pidió a papá, y también a mamá. Se lo pidió a los abuelos, a Santa Claus, a las hadas y hasta a Superman. Pensó en fabricarlo él mismo pero cuando preguntó cómo se hacía, los adultos se rieron, sin más. Un día que andaba triste, Viselik se tumbó bajo un árbol y, de repente, una voz gritó: -¡Hola! ¿Qué tal? Viselik miró a izquierda y derecha pero no vio nada.

-¿Dónde estás? -preguntó. -¡Aquí! -dijo la voz. Viselik se giró, se volvió a girar y giró otra vez y otra, y otra, y muchas más. -¡Para, para, que me caigo! dijo la voz misteriosa.

El pequeño búho

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-Ya llegó la noche -dice mamá búho-, ya se marchó el sol. He de salir, pequeñín, a buscar alimento para los dos. El pequeño búho, bastante tristón, coge su manta y se va a un rincón. No le gusta la noche, no le gusta el frío, no le gusta nada el nido vacío. El pequeño búho, encogido en su nido, tiembla asustado ante el menor sonido. -¡Qué oscuro está todo! -piensa el pequeñito- ¡Qué miedo que da! Y el buhito, asustado, se encoge aún más. De pronto, no muy lejos, se oye un gran ¡CRRAAAC! -¿Qué es eso que suena? ¿Quién viene para acá? Y el buhito, asustado, se encoge aún más. -¡Seguro que es un ogro con un hambre feroz y como me pille me dará un mordisco o dos! -¡Ay, ay! -se oye allá abajo.